lunes, 14 de octubre de 2013

Un día en el rectorado

Otra mañana más aquí. Como tantas otras.

http://www.youtube.com/watch?v=PhqCNi6WtrQ



No es que hoy sea un día especial, aunque quizás aún no lo sepa. O quizás todos lo sean, en cuyo caso tendría que inventar alguna otra palabra de más categoría para definir algo más supremo que especial.
Pero me apetecía tal día como hoy transmitir ese sentimiento de contento ante tal eterna e impasible belleza.

Sus techos interminables, sus columnas de piedra decadente aunque imperecederas, su acústica envolvente, el vaivén de sus interminables visitantes, sus pasillos infinitos, sus escalones viciados y desgastados.
En lugares así, tan henchido de historias particulares, me encanta imaginar como éstas han ido sucediéndose a lo largo de los años, y así tratar de vislumbrar como ha ido evolucionando nuestra historia entre sus flamantes muros y profundos fosos.

Cuesta imaginarse que su primer acometido fuera albergar la primera fábrica de tabaco de toda Europa, aunque visto así, considero todo un dichoso destino. Pero no vamos a hablar de sus orígenes.

Tan sólo invito a reflexionar sobre la suerte que poseemos de contar con lugares de tales características para dar rienda suelta al motor de nuestro imaginario. Invito a que toméis un cafe un día y os sentéis en alguno de los escalones de sus patios interiores, cerréis los ojos, y os dejéis envolver por su magia, y su incesante influjo. Emisario de paz interior.

Y así, incluyo éste, como tantos otros lugares de mi preciada ciudad, en la lista de imprescindibles, para días perfectos y días plomizos, para días afortunados y días desventurados. En ambos casos vale la pena gozar de él y dejarnos invitar a soñar. Y no me cansaré nunca de hacerlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario