Es curioso. Hace unos años, llegada la vuelta, hubiera estado deseoso de conseguir cobertura para encender el móvil y entrar en contacto con nuestro vasto y moderno mundo.
Volver a casa, dicen.
Hubiera y fue siempre una sensación cálida y acogedora. Sin embargo ahora tengo miedo
Mucho miedo.
No quiero encender el móvil y tener que lidiar con la realidad. Pero sé que no tengo más remedio. No tengo más alternativa.
Y actualmente si quiera puedo recurrir a mis bucólicos pensamientos que antaño tan infalibles en su cometido fueron.
Es el mundo ordinario.
Siento que acabo de nacer de nuevo en algunos aspectos, sólo que con la diferencia de que ahora me pesa la carga de mi corta aunque intensa experiencia de sensaciones.
¿Cómo lo hago?
Estoy desbordado de pensamientos negativos y aún más de consejos "curativos" ajenos y propios. Panaceas heredadas, de esas que conservan en sus letras el secreto de la vida pero que a veces se pasan toda ella tratando de aflorar, de cumplir su misión, su objetivo.
Voy a hacer una cosa; voy a centrar todas mis fuerzas en no pensar, durante unos días. Voy a intentar sortear el apabullante atropello de tentaciones que actualmente me acechan.
A ver si así recuerdo lo bello que es aprender; lo bello que eran las ideas.
Y por fin así ganarle el pulso al odio, a la envidia, y así poner el miedo de mi lado, como en sueños, innumerables veces he contemplado.
Como dijo Spacey, ¿Cómo se puede odiar, cuando hay tanta belleza en el mundo?
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