Creí haber alcanzado la cima del fracaso,
creí haber tropezado con las raíces del éxito.
Y un día el mar borró el arenoso paisaje,
dejando a la vista tan solo una obra inacabada.
Nunca prometí que fuera a abandonarte.
Tampoco imaginé que tu estancia se haría eterna.
Tú, mísera compañera, eclipsas mi lucerna;
tambaleas los cimientos de mi baluarte.
Tú, caudilla de la deserción,
degeneradora de la prudencia.
En tu seno mi miedo se cobija,
y, atado, preso, mantienes mi valor.
Falsa empatía te lleva al olvido
y mantiene tus oídos bajo llave;
llave que sólo los merecedores poseen
y cuyas palabras únicas valor das.
Escoge el ocaso para leer entre líneas, amigo.
Y dale el corte definitivo a la vestidura.
Y que los abalorios que antes la afeaban,
ahora clausuren el festejo con el reflejo
de su luz artificial
No olvides nunca que todo lo veo,
pese a mi necio silencio.
Pero sobretodo, no olvides nunca
la promesa que nunca te hice.
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