lunes, 25 de febrero de 2013

Anciano mustio



El chico se disponía a entrar en el recinto. A través de los matorrales pudo divisar que se acercaba inminente un carro de esclavistas ruedas, dirigido por la que parecía ser una apuesta señora mayor. Rápidamente, el chico se apresuró a abrir la puerta para facilitar la salida de aquel tándem, con la educación propia que situaciones como aquella requerían. Entonces, tras ayudar en el descenso del escalón, los ojos del prisionero se cruzaron brevemente con los del chico.

Era visiblemente anciano. Llevaba un sombrero de ala ancha verde cacería. Un flequillo blanco asomaba sugerente y caía frágilmente sobre su marchita y sinuosa frente. No fruncía el ceño, pero los años ya parecían sugerirlo sin necesidad de perpetuar dicha acción. Sus ojos se tornaban cansados y ligeramente arqueados, y de sus bordes exteriores fluían simétricas curvas como si de la cola del un pavo real se tratase. Sus mejillas y mentón, bien rasurados, parecían conservarse notablemente mejor que la parte superior de la cara, la cual parecía estar cargando injustamente con todo el peso de la conciencia de los años.
Su cuerpo, corpulento y excesivo para aquel modesto carro, parecía hundirse en él, como si éste lo succionara y lo fuera consumiendo.

Y de repente, tras aquel efímero encuentro de miradas, el chico reconoció al viejo. Aquel rostro le era de sobra conocido. Muy a su pesar, su fama de cascarrabias siempre sugestionaron su opinión y su actitud hacia él, precavida a la par que inquieta, puesto que aquel chico, siempre astuto en materia de identificación, había intuido por siempre que había algo más sano tras esa, quizás inmerecida o quizás insuficiente fachada social que se le atribuía.

El chico, efusivo y emocionado, pronunció las palabras adecuadas, y el viejo, lejos de poseer ya la capacidad suficiente para reconocerle, se emocionó, pudiendo guiarse tan sólo por la sensación que la sonrisa del chico le transmitió. Era suficiente.
No parecía ser necesaria una gran lucidez para que el reconocimiento fuera mutuo. El viejo, aunque perdido y sumido en un nihilismo memorial, pudo sentir por un instante, que aquel rostro significaba algo más de lo que alcanzaba a ver; quizás incluso hubo un tiempo en el que podía ponerle nombre.
Y no necesitaba saberlo; en ese momento adquirió la certeza. La suficiente certeza para agarrar la cabeza del chico y apretarla sobre su mullida y amplia pechera. Unas furtivas lágrimas corrieron por sus ojos casi de forma automática y el chico, con los ojos cerrados, así lo sintió.

Fue un abrazo eterno, mientras el viejo concentraba su breve discurso en el paso del tiempo, el cual se le antojaba imperecedero. El chico sabía que así no era, aunque suponía que su mente ya no le permitía si no verlo sólo de ese modo. El chico reflexionó brevemente. Y con una bonita mueca se despidió de él para siempre.

Y entonces lo comprendió todo.

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