jueves, 27 de junio de 2013

Un día sin más

Llego tarde a esta última cita. Otra vez.

Es extrañamente frustrante ver que a pesar de los buenos e inmaculados propósitos de enmienda, hay ciertas actitudes en la vida que parecen siempre reiterarse de forma inevitable. Poseen un carácter especial, son cotidianas y culturales, probablemente; pero nuestra apatía temporal nos hace atribuirles una índole innata a nuestro ser, para aquellos que "presumimos" de padecerlas, o de ejercerlas, según el caso; in extremis, los de mi especie solemos tener los cojones de asignarles condición genética incluso, como si el recurso de la exageración absurda e infundamentada ayudase de modo alguno a supurar la realidad concerniente a este tipo de actitudes, la de los "demorosos", que no es sino motivada por características de bajo talante como el egocentrismo o el egoísmo. Seguro que hay cientificuchos del tres al cuarto por ahí que han determinado con experimentos de sospechosa legitimidad que, efectivamente, la habilidad del ser humano para llegar tarde a los sitios tiene un fuerte componente genético en su haber. Ja! como si no pudiéramos poner de nuestra parte para evitar esa clase de actitudes. ¿Cultural? Yo lo llamaría "Caradural" y me dejaría de tonterías...Y eso lo dice alguien que sin duda posee una cátedra en asuntos de esta índole.

Creo que detesto los experimentos basados en estadísticas. De hecho, aunque comprendo la necesidad de esta disciplina para predecir hechos y problemas, creo que depositamos demasiada confianza en sus resultados. Es una realidad que tienes una probabilidad de 1/6 de sacar un seis en un dado, y un 1/36 si pretendes sacar el mismo resultado en la siguiente tirada. Pero también es una realidad que el jodido azar pueda encargarse personalmente, con pajarita y sombrero de copa, de que tu suerte jamás te lleve a esa posibilidad (inicialmente de un sexto, que no parece especialmente difícil, ¿verdad?) eternamente. Claro que hablar de suerte es un eufemismo en esta polémica, puesto que es el tipo de pajarita y sombrero de copa quien lo impide. Je.

Frusto, detesto... Agh.

Parece que la técnica de invadir mi mente de pensamientos dispares para eludir el estrés pre-entrevistal que leí hace unos meses en el 'XLSemanal' está generando cosechas. La última vez que pensé en la entrevista me estaba montando en el coche y ahora me encuentro entrando en la recepción principal de Isham Solutions, así que puedo decir que oficialmente he recortado un espacio de tiempo que sólo hubiera generado y le he dado un pequeño esquinazo a Dios. Pero ahora ya no puedo huir.

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Un joven, de estatura aceptable y anchos hombros, atraviesa la impoluta puerta automática de Isham Solutions. Nada más entrar éste lanza una furtiva mirada hacia el techo y en seguida su mirada repara en la cámara asociada al espacio de entrada del hall. Sus ojos están muy abiertos y parecen conocer a su imaginario interlocutor. En seguida se rasca la nariz y dirige su mirada al frente. Parece preguntar algo al recepcionista y tras una brevísima conversación le dedica un ademán y sigue hacia la zona de ascensores. Parece decidido, y el vaivén de sus brazos es excepcionalmente armónico.
Sin embargo, el recepcionista parece mirarle con desdén, con ciertos atisbos de condescendencia, como el que se despide de un hombre desconocido que va a la guerra. El joven de anchos hombros ya está fuera de su alcance ocular y entra en el ascensor.

Es el último momento que posee a solas antes de la batalla final. Es el momento del implore interior.
Todo se sume en un silencio sepulcral y el mundo se reduce a esas cuatro paredes reflectoras del alma. Se mira al espejo y se ajusta el cuello y la corbata. Parecen ahogarle, aunque su mirada y actitud se mantienen frías y firmes. Su actitud sería definitivamente decidida si no fuese por el pequeño aunque casi imperceptible detalle del sudor que comienza a invadir la parte superior de su frente. Se pasa la mano por el impecable flequillo con la seguridad con la que un decorador coloca su cuadro y entonces suena el pitido.

Es la jugada final. Todo el espacio parece dominado por una luz invasora que eclipsa casi todo el espacio perceptible. El joven cierra los ojos una última vez, para no volver a parpadear. Lo hace durante un segundo o dos, pero a él le parecen aún menos, lo cual parece causarle cierta frustración, como si de aquel gesto esperara todo lo contrario. Se frota las manos, levanta la barbilla, y recupera la imponente mirada que tanto tiempo atrás había ensayado. Está preparado; o eso cree.

-Se escuchan vítores y aplausos. La luz comienza a mermar y el espacio reinante de la sala comienza a aflorar a su alrededor; el color se encrudece y parece escuchar como nunca antes los latidos de su corazón. Son lentos, pero devastadoramente violentos-


domingo, 9 de junio de 2013

El sin memoria


Llegados a este aún tan prematuro punto de la vida he llegado a la conclusión de que lo mejor de tener tan mala memoria es que puedes escuchar o vivir una y otra vez cada tanto una misma historia fascinante, y emocionarte con ella como si de la primera vez se tratase. Y así modificamos y reinventamos el concepto "rutina", mientras me levanto cada día pensando cuán bello es escuchar la ¿misma? canción cada mañana